Dan miedo y dan motivos para provocar miedo. Son violentos y están llenos de odio, pero también están correcta y efectivamente organizados y se saben al dedillo todas las argumentaciones construidas para justificar sus opiniones y creencias, por eso son peligrosos y por eso sobreviven. Tal vez también porque durante mucho tiempo se les ha despreciado e infravalorado, mientras ellos seguían armándose de influencia, ideología, dinero e incluso armas para seguir adelante con su extraña lucha. Son actitudes que acaban extendiéndose a colectivos muy diversos, aunque en el caso de los negros y los judíos, su existencia viene más dada por la sensación de agresión y la necesidad de juntarse y defenderse, que por la creencia en ser una raza superior con derecho a decidir sobre la vida, el hogar, las creencias, la intimidad, el consumo, la propiedad y la cultura de los demás. Porque lo que al final hacen asociaciones como Hermandad Aria o Identidad Cristiana es, bajo la excusa de la protección de un estilo de vida, negar la existencia de cualquier otro, controlar los movimientos de todos aquellos que, por la extensión que los miembros de estos grupos han decidido, pertenecen a esos grupos y deben vivir en arreglo a las convicciones de los demás; las otras no son válidas. No les basta con que se les permita a ellos vivir a su manera, no; han de imponer ese estilo de vida como el único bueno y han de protegerlo, extendiéndolo por la fuerza. Hace unos meses estaba repostando en la gasolinera de mi pueblo, cuando de un coche, un utilitario normal y corriente, bajaron tres chicos, de no más de treinta años, con el pelo muy corto, casi rapado, la expresión mezcla de ignorancia, odio y superioridad tatuadas en sus rostros. Y uno de ellos lucía orgulloso una camiseta con un lema: “España somos nosotros”. Y a mi eso me repateó. Porque es precisamente la absurda imposición de la que hablaba antes; no solo quieren poder expresar su opinión, sino que además no entienden que en su mismo territorio, cabe la existencia de personas distintas a ellos que, aunque no les guste, aunque les asuste, también están convencidos de formar, por derecho además, parte de España. Son cada vez más los grupos y los personajes que actúan y piensan de esta manera en nuestro país. Por eso me extraña la proliferación de reportajes, noticias, documentales…sobre esta lacra en Estados Unidos, y me preguntaba, ¿y España, qué? Entonces, alrededor del minuto 30 del reportaje En el corazón de las tinieblas, una bandera española ondea en el desfile que varias de estas asociaciones organizan en una ciudad. Probablemente no la ondee ningún español, al menos, desde luego, el tipo que la luce por las calles no tiene en absoluto rasgos españoles, ni hispanos, ni latinos, ni mediterráneos ni nada que se le pueda acercar, pero ahí está. Sin saber, al menos yo, por qué, ya que los españoles de arios, en general, tenemos poco. Pero ahí ondeaba la Rojigualda. “Ya está”, pensé, “ya tengo excusa para hablar un poco de todo este tema, aplicable a mi país”. Pero en realidad, si hubiera querido, hubiera podido hablarlo sin necesidad de que ninguna bandera española apareciera, vergonzosamente, en ninguna concentración o manifestación, porque aquí ya tenemos, de por sí, lo nuestro. La Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia ya alertaba, en su informe sobre xenofobia en España en 2002 (que puede encontrarse en la web de Movimiento contra la intolerancia) de que en el país existían grupos racistas violentos que actuaban, por ejemplo, a través de Internet, del mercado musical, de los partidos de fútbol (actuaban y siguen actuando) e incluso denunciaba la situación de mucha población del País Vasco no nacionalista que ve sus derechos y libertades amenazados y violentados por parte del sesgo más radical y violento de dicha ideología nacionalista. Así que ya ven, en España algunos no necesitan ni siquiera que seas de fuera para odiarte y machacarte, con que no pienses como ellos, tienen suficiente motivo. Hay más datos; el informe RAXEN, editado también por Movimiento contra la intolerancia, y que trata sobre racismo, homofobia, neonazismo o neofascismo, entre otras expresiones de intolerancia, narraba como recientemente la facción española de un grupo nazi internacional conocido como Hammerskin era sentenciada como “asociación ilícita”, abriéndose así, en septiembre del pasado 2009, una nueva etapa en la que, tal vez, pero solo tal vez, este tipo de grupos dejarían de estar protegidos por esa extraña permisividad jurídica que les dejaba actuar casi a sus anchas. Digo solo tal vez porque, si este inicio no ha ocurrido hasta hace apenas cuatro meses, que camino no faltará aún por recorrer para acabar con este tipo de grupos e ideologías, o al menos arrinconarlos, arrinconar a unas organizaciones que, con la llegada de la inmigración, la crisis y ciertos cambios legislativos y sociales han encontrado filón para ser todavía más visibles y, de nuevo, horriblemente aplaudidos y apoyados por ciertos sectores de la sociedad. En el mismo informe puede encontrarse un dossier de crímenes y actos o situaciones “violentas” racistas, homófobas, contrarias a una ideología en concreto, antisemitas, islamofóbicas, xenófobas… de las que se tienen noticia en España, por comunidades autónomas, de 2009. Llaman la atención varios actos programados o permitidos por organismos oficiales y en los que se presta el uso de recursos y edificios públicos para actividades en las que claramente se va a hacer apología de actitudes e ideologías violentas e intolerantes, o el hecho de que todos podamos vernos agredidos en cualquier momento, como las situaciones de abuso de autoridad de miembros de las fuerzas de seguridad, o los ataques que edificios como iglesias católicas pueden recibir, afectadas por el vandalismo urbano, así como la constante implicación de menores o individuos jóvenes en este tipo de actos, lo que revela que, por desgracia, no es en absoluto una tendencia decreciente. Sino un movimiento que, amparado en una falsa libertad de expresión (en ningún artículo de la Constitución se refleja que se pueda dar una paliza a un inmigrante, lanzar glorias a tiranos exterminadores ni dañar edificios ni mobiliario urbano porque exista esa libertad de expresión), va filtrándose en distintas capas de la sociedad, calando entre ellas y al final, horror, normalizándose. El por qué en España no se realizan tantos trabajos de documentación, investigación y reporterismo sobre este fenómeno y, lo que sería aún más importante, se publican ni tienen la suficiente resonancia, es un misterio para los no entendidos. Un misterio en el que, tal vez, subyacen intereses económicos y nombres mínimamente conocidos relacionados con todo tipo de movimientos intolerantes, subyacen, quien sabe, la sombra de la dictadura y la transición y el miedo a la tachadura de retrógrados que sufren mucho cuando tienen que reconocer, y no reconocen, que las nazis son asociaciones ilícitas y peligrosas, que destrozar una iglesia o un cementerio es un delito con agravantes al ir contra las libertades religiosas. Cuando todo esto se vea con claridad, cuando por debajo no existan tantos nombres, intereses, lobbys de presión y miedos estúpidos, tal vez entonces ese informe RAXEN varíe un poco, y se pueda decir que los medios españoles han contribuido de verdad a ello.