Gürtel, los trajes, el honor y la tierra saqueada

Ayer por la tarde-noche se conoció, al fin, el veredicto del jurado popular para Camps y Costa por el caso de los trajes; no culpables, por 5 votos a 4. La sentencia levantó pronto muchísimo comentarios, tertulias, reacciones, editoriales, sensaciones y manifestaciones. Incluso una nueva acampada a las puertas del Tribunal Superior de Justicia.

Lo primero que todo el mundo afirma, claro, es que justicia es justicia y hay que acatar y respetar. Después de esto, vienen desde los que se alegran porque los dos, pero sobre todo Camps, han quedado absueltos, hasta los que reclaman la restitución de  la honorabilidad del ex presidente e incluso su cargo, o que se recurra el veredicto a instancias superiores. Sea cómo sea, queda la sensación de que, tras los datos conocidos, las conversaciones escuchadas y las escenas vistas, la honorabilidad que habría que restablecer sería, más bien, la del pueblo valenciano entero. También que muchas cosas se han hecho mal en este juicio, empezando por separar una rama, la de los trajes, mínima, muy pequeña,  no  solo de la ramificación valenciana de la trama de corrupción, sino de todo el Gürtel en general. Una red de tráfico de influencias, de corrupción, de favores políticos y económicos y de personajes de sainete que aquí en nuestras tierras, se llevó un buen trozo de pastel, pero que actuó en otros muchos lugares de España.

Otro error ha sido el cometido por voces, posturas y tribunas que han querido convertir este juicio en uno político; olvidando que a Camps y Costa se les juzgaba por aceptar, o no, regalos a cambio de favores, no por financiación ilegal del partido y, mucho menos, por haber mal gobernado durante años la Comunidad Valenciana hasta dejarla en la absoluta ruina. Ésa es otra cuestión y más nos valdría saber separar y distinguir.

Quedan todavía muchos puntos por investigar y juzgar. Y todo esto traerá cola. Los efectos políticos no tardarán, ¿qué pasa con Campos y Betoret, acusados del mismo delito y que se declararon culpables? ¿qué pasará con Camps, Alberto Fabra y la presidencia de la Generalitat? ¿Y con gente como Ruso o Barberà, que no estaban cómodas con la forma de trabajar del nuevo presidente y que además siempre defendieron Francisco Camps? ¿Comenzará ahora de forma abierta una guerra civil y de intereses dentro del PP valenciano? Muchos interrogantes se abren ahora delante del futuro de los valencianos.

Demasiados si tenemos en cuenta los problemas gigantes que hace falta afrontar y resolver. Una nueva sacudida y más turbulencias es sin duda aquello que menos necesitamos. Continuar ocupando portadas nacionales con temas que nos provocan vergüenza de nosotros mismos es otra cosa que se nos viene encima y que no necesitamos. Pero visto el camino cogido, es nuestro destino durante unos cuantos meses, y con esto habremos de levantarnos cada día, pensando en cambiar el signo de los valencianos.

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Holocausto caníbal

Sí, la película 1980; me ncontré con ella por casualidad en La Sexta 3 hace unas semanas. No, no es agradable de ver, pero estaba sola y me dije eso de “si no puedes con ella, para eso tienes al lado el mando a distancia”. Y la vi; esa noche tengo que decir que no tuve pesadillas, y apenas me ha traicionado el subconsciente con algunas de sus imágenes más repugnantes y duras. Para quien no sepa de qué va, Holocausto Caníbal cuenta el viaje de cuatro documentalistas al corazón de la selva amazónica para realizar el documental de unas tribus caníbales que viven en determinada zona y que apenas han tenido contacto con el mundo “civilizado”. Desaparecen y la productora decide enviar un nuevo equipo a buscarlos; este nuevo equipo averigua que los cuatro jóvenes están muertos y recuperan el material filmado para revisarlo y decidir si se emite o no. Lo que descubren es que los cuatro reporteros eran unos auténticos capullos, descerebrados, manipuladores del material que filmaba, prepotentes y violentos. Y que como bien dice el padre de uno de ellos cuando es entrevistado al saltar la noticia de que han perecido en el Amazonas, “mi hijo era un auténtico hijo de puta, morirse es lo mejor que ha podido hacer en su vida”. Asustan, violan, torturan, empalan, queman vivos y se mofan de los diferentes componentes de las tribus que van encontrando para filmar material falso y mostrar la barbarie en la que supuestamente viven los indígenas. Como no podía ser de otra forma, los indígenas, hartos de que esos niñatos les toquen los cataplines, acaban cazándolos, troceándolos y comiéndoselos.

Las escenas más desagradables, si de sangre y vísceras hablamos, son las finales en las que se ve con todo lujo de detalle como los caníbales se vengan de los cuatro reporteros. Sin embargo, me resultaron muchísimo más duras y de ver aquellas en las que se ven como los cuatro “civilizados” dan rienda suelta a su violencia para manipular la realidad, haciendo sufrir a las tribus. Y me acordé de aquello que diera hace tiempo en la facultad, la dicotomía entre civilización y babarie; quién representa el progreso y quién la barbarie en realidad; quién es realmente más civilizado o avanzado. Me dije que no estaba tan mal ese último mensaje que, si se rasca un poco entre la sangre que salpica a la cámara y la insoportable música que acompaña a las imágenes, se puede encontrar en Holocausto caníbal.

Pero no, qué va. Está claro que es una película gore, y como tal, no se puede pretender no encontrar  violencia, planos desagradables y sufrimiento explícito con mucho órgano por medio. Hasta ahí vale. Pero difiero de la opinión que dice que es una obra genial para mostrar la dichosa dicotomía que durante un tiempo ocupo mucho espacio en la literatura latinoamericana; para plantearse quién es más bárbaro, si las tribus que habitan recónditos espacios con costumbres y usos primitivos, o los exploradores portadores del progreso pero también de la destrucción, no es necesario torturar y matar DE VERDAD animales como la tortuga o el cerdo que aperecen en la película de Rugero Deodato, ni simular que se empala a una chica tras violarla, que se deja morir quemada a una anciana o que esos violadores finalmente son devorados. Para plantearse esa cuestión, basta con leer obras de verdadera calidad, más fuertes que violentes, más reales que explícitas, como La Vorágine de José Eustasio Rivera o El Matedero de Esteban Echeverría

La primera también habla de exploradores que se adentran por diferentes motivos en la selva; y con maestría, Rivera consigue que la selva en sí misma, sea un personaje de esa novela. Que asfixie, enloquezca y demonice a los personajes. Que la selva sea la que muestre la crueldad y la explotación a la que el entorno sometía a sus habitantes, que se explique a sí misma. Y Esteban Echeverría ya se encargaría, más centrado en el costumbrismo y en el realismo, con su relato publicado en 1871, de mostrar los límites violentos que por necesidad y también por idología puede alcanzar el ser humano, convirtiéndose también en bestia irracional.

Si alguien que haya visto Holocausto caníbal se ha planteado la misma cuestión que minutos después de verla me planteé yo, ya sabe qué dos obras le pueden hacer disfrutar desde otra dimensión.

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Mil soles espléndidos

  Hacía tiempo que lo miraba, en una estantería de mi casa de Cheste,  hasta que en una de mis últimas idas y venidas lo saqué de su sitio, lo metí en mi mochila, y me lo llevé para leerlo. La casualidad quiso que me encontrase a mitad de lectura de Mil soles espléndidos, de Khalid Hosseini, en las fechas en las que se cumplió una década de los atentados del 11-S.

Reportajes, films, testimonios, documentales, recopilaciones de datos, extrañas iniciativas para buscar la participación de la audiencia (“Cuénteme, ¿qué estaba haciendo cuando se estrallaron los aviones en las torres?” Yo me enteré mientras arreglaba mi cuarto escuchando la radio, con 17 años, ¿qué interés puede tener eso?), y ya que estábamos, horas y horas de historias personales, canciones y películas sobre, de y en Nueva York. Que eso siempre es muy efectivo. Y todo eso estuvo muy bien, pero estaba incompleto; porque no toda la historia ni la problemática de aquellos hechos se centraba únicamente en NYC. A miles de kilómetros de la ciudad norteamericana, algo había pasado y seguía pasando, relacionado con el terrorismo islámico. Sí, Afganistán; una nación gobernada por una monarquía, invadida por soviéticos tras un levantamiento comunista, tomada por talibanes y ahora viviendo en una frágil e inmadura democracia.Un país grande que sufrió lo que los expertos en eufemismos llaman “daños colaterales”; cuando se vio bombardeado por la exaltada de misión de atrapar, fuera como fuera, a Bin Laden.

Confío, bueno, más bien deseo, que cuando se cumpla dentro de nada el aniversario de la misión “Libertad duradera”, los compañeros de los grandes medios dediquen también algo de tiempo a contextualizar el antes y el ahora en Afganistán, que ofrezcan la crónica de las convulsiones políticas y sociales que ese país ha vivido en los últimos 30 años, que rememoren la desaparición de los excepcionales Budas gigantes, tallados en las montañas, a manos de los talibanes. Que hablen algo de la cultura, el arte y los paisejes de un lugar que era algo más que pastores con bigote y AK-47, mujeres con burka, montañas yermas, ciudades bombardeadas y calles tomadas por la “yihad”. Por aquello de entenderlo todo mejor, de entendernos todos mejor. Para que tampoco sea inútil el sacrificio de vidas civiles y la destrucción de infraestructuras y esperanzas en Afganistán, ni nos parezca tan lejano y estrambótico todo lo que allí se vive, y cómo se vive.

Y si no, siempre nos quedará la absolutamente recomendable Mil soles espléndidos, con su dureza y su ternura caminando a la par por las calles de Herat y de Kabul, con la perfecta forma de narrar la historia de una nación y el amor y la esperanza por ella, a pesar de todo. A pesar de la distancia que separa Khalid Hosseini (quien por cierto, y tal vez os suene, también escribió Cometas en el cielo) de su tierra. Con todo el desgarro que provoca hacerlo desde la óptica de una mujer, tras un pañuelo, tras un burka. Y a esperar para ver qué haremos los medios el 7 de octubre.

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Tres veces dormida con Pearl Harbor

Ben Affleck intentando tener algo de expresividad para el cartel de la película y poniendo cara de guapetón para el perfil de Facebook.

El viernes pasado estaba por la noche tan tranquila en casa de mis padres en Cheste, cenando huevo frito con patatas (no, no pongáis cara de ‘Ala, Gemma…’, que es algo que como una vez cada dos o tres meses) cuando vi que en La 1 empezaba Pearl Harbor. “Ah, pues ésta tiene fama”, me dije. Y como soy muy poco cinéfila, estaba cansada y además en el comedor mi padre veía alguna tertulia de Intereconomía o Veo7 y mi madre, en la cocina conmigo, parecía interesada en la película en cuestión y luego dice que apenas paso tiempo con ella, me dije, “Psá, me quedaré a verla”. ¡A qué hora, Dios mío, a qué hora! ¡VAYA. ROLLO.DE.PELÍCULA!

Para empezar la historia de amor a tres bandas (juas) es de las más cursis que se han parido en la historia del cine. Y mira que las ha habido cursis, ¿eh? Pastelosa pero vacía, poco creíble, aburrida… empalaga y a la vez no me transmitía. Un mérito, por cierto, difícil de conseguir. Después tenemos a Ben Affleck; mi perra, ¡que digo mi perra! ¡cualquiera de los cactus que tengo en la terraza tiene más expresividad que este chico! Claramente lo mejor que ha hecho Ben Affleck en su vida ha sido casarse con, y luego divorciarse de, Jennifer López, y sentirse inspirado junto a  su amigo Matt Damon para llevarse merecido éxito por El indomable Will Hunting (ese, por cierto, si que es un film bueno y entretenido a la par).

Y qué decir de los diálogos que perlan Pearl Harbor, sobre todo los que se mantienen en las escenas de tomas de decisión político-bélicas: pues poca cosa excepto que parecen sacadas de un manual de autoayuda militar barato. Y todo jalonado con una música épica cargante y unos efectos especiales que llegan a apabullar y agobiar. Por cierto, hablando de autoayuda de saldo; la escena en la que Roosevelt se levanta a duras penas de su silla de ruedas para demostrar que si él puede, su nación también puede levantarse del ataque de los japoneses a la base hawaiana, me provocó algo cercano a la vergüenza ajena.

Para rematar el asunto, el film casi no cuenta con momentos de humor. Sólo la ridícula escena en la que la enfermera/futura novia del protagonista le pincha dos veces la misma vacuna en el trasero provocándole una reacción que intenta acercarse a un cómico mareo, sólo esa escena, podría considerarse “comedia”. Pero qué va, intenta acercarse al humor, pero ni lo atisba de lejos. Hubo un momento, lo reconozco, en el que sí me reí; cuando Ben Affleck, desorientado, intenta destapar una botella de cava para intentar camelarse a la chica bajo la luz de las estrellas, y el corcho se le estampa en su maltrecha nariz. Qué demonios, un personaje y una interpretación tan mediocres merecían como mínimo ese castigo.

¿Conocéis el relato de Augusto Monterroso, considerado como el más breve y también de los mejores que se han creado? Por si alguien no lo conoce, tranquilos, yo os lo reproduzco, que es muy corto; “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Algo parecido a lo que me sucedió el viernes por la noche, cuando trasladé el visionado de Pearl Harbor de la cocina al sofá del salón; tres veces me dormí, tres, y en las tres, cuando me desperté, ese bodrio de película seguía allí, en la pantalla plana de mis padres, intentando venderme un alegato belicista-pro norteamericano, excusador del ridículo de Pearl Harbor y maniqueísta hasta extremos que yo aún no había conocido. A la tercera vez que desperté, decidí dejar el dinosaurio de Ben Affleck y Alec Baldwin (entre otros) apagado y marcharme a la cama, sin importarme qué final le depararía la mente de Michael Bay y sus realizadores y guionistas a la intervención militar estadounidense en Japón y a la historia de amor entre los dos soldaditos y la enfermera. Algo parecido a lo que ya me pasara, por cierto, con El hombre que susurraba a los caballos.

Al día siguiente mi padre me dijo que él, aburrido, también se acostó sin importarle el final, antes incluso que yo. Si es que yo sé que tengo a quien parecerme… Cuando al día siguiente busqué, y vi que había sido nominado a 6 Razzie Awards, la antítesis de los Oscar, que se celebra la noche anterior y premia a las peores películas y las peores interpretaciones, me sentí menos sola en el mundo.

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¿La millor terreta del món?

Un día después de que Rita Barberá declarara a Europa Press, en referencia a la acampada de los indignados, que desde su balcón del Ayuntamiento veía cómo se plantaba marihuana, (cosa que, por cierto, si hablamos sólo de cultivo, no es ilegal), el 14 de junio, se publicaba un estudio de la Universidad de Oviedo sobre la calidad de vida en las ciudades españolas, que dejaba a Valencia muy mal parada. Dudo mucho, muchísimo, que la causa principal de ese mal índice para nuestra ciudad sea la acampada frente al Ayuntamiento. Ni eso, ni la marihuana de la que se quejaba Barberá; más bien problemas como los niños estudiando en barracones y los malos resultados educativos, el intenso tráfico rodado y el ruido que produce, el caro y deficiente transporte público, la suciedad y degradación, muchas veces buscada, en ciertos barrios o el mal servicio de bicicletas para los vecinos de la ciudad que, por cierto, siguen jugándose la vida para circular por una ciudad tan llana y con avenidas y calles tan amplias como la valenciana… me parecen causas y problemas mucho más antiguos y enquistados. Una auténtica lástima, el extraño, contradictorio y surrealista giro que ha tomado la ciudad de Valencia como ente, como ser vivo, teniendo en cuenta las cualidades con las que, a priori, cuenta (terreno, clima, recursos, historia, tamaño, luz y sí, todavía, mucha gente con ingenio, impulso, humor, perseverancia e inquietudes de todo tipo; empresariales, culturales y artísiticas) que bien usadas podrían convertir a “la ciudad del Turia” en uno de los mejores lugares para vivir.

Uno de los estrambóticos buques insignia de los nuevos derroteros tomados por Valencia, lo sabrán, es el circuito urbano de Fórmula 1 que durante unos cuántos años más, y al contrario de lo que nos prometieron, se pagará con el erario público; 26 millones de € cada año. Hace poco me comentaban que con ese dinero se podría limpiar y acondicionar definitivamente un espacio natural (y cultural) único y propio como lo es la Albufera. En 2009 visitaron el Parque Natural algo más de 200.000 personas. 200.000 visitantes que algo dejarían entre los bares, restaruantes, alojamientos y paseos en barco de la zona. 200.000 visitantes no parece en absoluto un número desdeñable, ¿a cuántos se podría llegar si la Albufera se encontrara en condiciones? Un recurso propio, ya creado, singular… y que se puede explotar sin tener que ceder a los caprichos del archimillonario Ecclestone. Si hay dinero para la uno, tiene que haberlo para lo otro. La diferencia del modelo que se escoja para progresar en los nuevos tiempos que YA  nos está tocando vivir,  marcará el estatus actual y la proyección futura, marcará el modelo económico y la calidad de vida de los años venideros.

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Con la Iglesia ha topado el Valencia CF

El Arzobispado de Valencia recibe quejas de creyentes por los dos vídeos de promoción para los abonos 2011-2012 del Valencia CF y el club pide disculpas, por si ha herido alguna sensibilidad.

Algunos se han identificado como seguidores del club de la Avenida de Suecia, y muchos aseguran que no renovarán el pase este año, vistos los dos spots realizados para animar al aficionado.

Bueno; mi inteligencia y mi razonabilidad se sienten muy ofendidas cuando mi equipo (o sus filiales) acude a ofrecer cualquier triunfo a la Virgen de los Desamparados, como si de verdad esa imagen hubiera tenido algo que ver en lo logrado, y no por ello me niego a sacarme el pase la temporada siguiente. Ni envío quejas ni protestas. Aunque, ¿a quién podemos quejarnos los aficionados a un club de fútbol y ateos? Vaya dilema.

También los hay que demandan (típica protesta también…) que este tipo de publicidad se lleve a cabo con otras religiones, ¿un ejemplo? Sí, habéis acertado, la musulmana. Claro, hombre, porque si algo abunda en la masa valencianista y en el público potencial que pueda renovarse el pase, si algo abunda, son los musulmanes. Y si hay una religión que de verdad haya calado en el imaginario popular y sea mayoritaria (oficialmente) en España y por ende en Valencia, esa es la musulmana. Sería una idea súper eficaz, para lo que el club ché busca. No sé a qué esperan para ponerse a trabajar e invertar ya en una idea así. Por supuesto previa pedida de disculpas, que el Valencia ya ha realizado, probablemente por no perder abonados por esa vía, más que por otra cosa.

Qué hartazgo provoca retroceder continuamente en el tiempo, comprobar que ahora no sólo interceden en la creatividad y en el humor, también en lo material.  Qué aburrido resulta ya escandalizarse por lo de siempre, por todo. Por nada.

Por su parte, la plataforma (lobby) le llamaría yo, Hazteoír.org no ha tardado en emitir un comunicado en el que tacha los dos vídeos de “burla sacramental y “ofensivos contra la relición católica, que por cierto reconocen profesar la mayoría de los españoles”, además de animar a sus fieles a denunciar los dos vídeos a Youtube como violentos y ofensivos, con el fin de que la web acabe por retirarlos.

Qué tristeza me provoca ver cómo, una vez más, la cúpula de este grupo de ciudadanos utiliza a la base, a sus “legionarios”, para defender los privilegios de los que hacen uso y también abuso, desde hace siglos. Parece que la letanía lanzada, consistente en “vienen a por nosotros, quieren borrar todo rasgo católico de nuestra sociedad”, sigue dando frutos. Si yo fuera cristiana ” de base”,  empezaría a mosquearme y también a indignarme al verme utilizada de esta manera.

Si algún católico se ha visto ofendido por estos vídeos, está en su total derecho de expresarlo. De ahí, a tener que pedir perdón, exigir retirada de vídeos, y rasgarse las vestiduras en la puerta del templo, ya hay un trecho. Un trecho que aburre. Un trecho que atasca.

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Plaza del Quince de Mayo

Gemma Jordán

Gemma Jordán

Le grabo con la aplicación “notas de voz” del móvil y ella me atiende, con la cara pintada, mientras recibe bolsas y bolsas llenas de comida y montones de garrafas y botellas de agua. Se llama Elena, “Llevo toda la semana viendo por los telediarios los movimientos, mordiéndome las uñas en la Universidad por venir, y hoy ya he venido a colaborar y me he quedado enganchada. Tengo que estudiar, no sé cuándo lo haré, ya lo pensaré”. Elena es una de las encargadas de la “Comisión de Logística” de la acampada de Valencia, (#acampadavlc, @acampadavlc) y está aquí como muchos otros en la Plaza del Ayuntamiento de Valencia, en cientos de otras plazas en España y otras partes del mundo, porque está harta, indignada, necesitada de expresarse y colaborar… y desde luego ha decidido dejar de estar quieta y callada.

Después de las manifestaciones celebradas el 15 de mayo, un grupo decidió concentrarse, y quedarse, en la Puerta del Sol de Madrid. Pocas horas después muchas otras ciudades seguían su ejemplo, Valencia entre ellas. De hecho el “cap i casal”, pasó de ser portada en la edición nacional de El País el viernes, por los casos de corrupción de algunos de sus mandatarios y políticos, a abrir plana el sábado con una foto cargada de simbolismo; la del chico de Alcoy intentando cambiar el nombre a la Plaza del Ayuntamiento de Valencia, por la de Plaça del Quinze de Maig (Plaza del Quince de Mayo). “Parecía que estábamos resignados a que siempre ganaran los mismos, a que siempre se hicieran las cosas igual… pero ya estaba bien. Ahora lo que parece es que estamos despertando” comenta Ana, una mujer madura, que se pasea observando por la plaza, con su cartel que reza “Reflexionando”, y con pintas totalmente corrientes, unos vaqueros, una camisa de manga corta a rayas, unos zapatos con algo de tacón. Nada de jóvenes antisistema que parezcan haber sido entrenados en la kale borroka, se lo pregunto en broma, “Uy, no no. Yo soy una persona normal, preocupada con lo que estaba pasando y también indignada. Este movimiento me ha parecido genial y por eso me paso por aquí, para ver qué se hace y darles mi apoyo”. Apoyo desde luego están recibiendo mucho más del que, tal vez, en un primer momento se pudiera esperar. Continuamente llegaban bolsas hasta arriba de latas, fiambre, fruta, refrescos, pan, zumos… garrafas y botellas de agua, material de papelería… hasta crema solar, que estos días el calor y la radiación están pegando fuerte. Lo recogían en todos los puntos instalados en la plaza, pero sobre todo en Logística, gente como Elena. Y lo entregan personas de toda edad, vestuario y condición; como está pasando en el resto de acampadas y concentraciones.

Hay listas colgadas de necesidades, también en su página de Facebook o en su blog; cubos, arena, gasolina, pesos para sombrillas, estanterías, ceras de colores, cuerda, de nuevo bebida para hidratarse, cartulinas, alguien que se ofrezca para imprimir, alguien que se ofrezca (y hay quien ya se ha ofrecido) para que la gente se duche en su casa, sacos de dormir… y WIFI. ¿WIFI? Conexión inalámbrica a Internet tienen, según nos explicaba una de las chicas de la Comisión de Comunicación. Le pregunté de dónde la han sacado, “Nos presta el equipo y la conexión un señor que vive aquí cerca. No es que funcione muy bien, pero nos la presta por nada a cambio, así que por lo menos tenemos”. Se llama Laia, y continua explicando, “las redes sociales han sido muy importantes para organizar esto, y son importantes ahora: nos mantienen en contacto con otras acampadas, lanzamos mensajes y la gente nos lee. Pedimos cosas que necesitamos, y nos llegan mensajes de apoyo” ¿y alguna crítica o alguna nota negativa? Seguro que también les llegarán, “Sí, claro. Piensa que también las estamos usando para pedir que la gente lance propuestas, y algunas que nos llegan son un poco arriesgadas y radicales. Y críticas malas también, pero están en su derecho y si entramos a contestar lo hacemos con respeto”, termina Laia.

Un poco antes de hablar con ella, alguien cantaba en la Plaza del Ayuntamiento. Se forma un corrillo a su alrededor; era una mujer ya mayor con un altavoz en la mano y una de las octavillas de Acampada Valencia en la otra, que estaba cantando el texto que esa octavilla reza. Algo como “Búscame en el mar, búscame en las calles, donde todo es grande, donde todo aún cabe…” Cuando termina le aplauden, algunos le abrazan. Se llama Amparo y tiene 75 años, nos cuenta; Yo era enfermera, ahora soy jubilada y viuda de un guardia civil. Pero nada, no me dan apenas pensión.”  Le pregunto, como a todos, por qué está aquí “Porque me preocupa y me indigna todo lo que está pasando, cómo están las cosas. Y como cristiana de las bases tampoco entiendo, por ejemplo, cómo la Iglesia puede seguir así, me refiero a los mandamases; sin bajar a la realidad. Y ahora que veo a los jóvenes, a toda esta gente en la calle, pidiendo lo que piden, me he emocionado y he querido contribuir, aunque fuera cantando ese texto” y se marchó contenta de lo que había presenciado.

No había mucha gente, era la hora de comer y la temperatura seguía subiendo; algunos de los acampados ejercían de aguador con sus compañeros y también con quienes les visitaban, se ofrecía fruta y bocadillos a todo el mundo y un chico con un chaleco reflectante avisaba de que el gazpacho manchego se estaba acabando.

Muchos aficionados del Zaragoza, que esa tarde tenían partido contra el Levante UD, están también por la plaza, curioseando. Las camisetas blancas de su equipo se mezclan con las blancas y negras que mayoritariamente llevaban acampados y visitantes, casi todas ellas con la palabra “Reflexionando” dibujada o pegada a sus prendas. También había un taller para pintar esas camisetas con ese lema; otros preferían pintarse el Spanis Revolution. Y quien no quisiera pintar sobre la camiseta, se fabricaba una pegatina o un cartel.

Y si se habla de reflexionar, en una esquina  a la sombra, un corro de personas sentadas en el suelo lanzaba ideas y pensamientos en voz alta, que los demás escuchaban y aplaudían o contestaban, según se estuviera de acuerdo o no. Y de repente la jornada de reflexión se hacía carne en esas personas que proponían nuevas cosas, una de ellas, asistir a todos los plenos el Ayuntamiento, que para eso son de libre entrada, “Ya que ellos no vienen a nosotros, tendremos que ir nosotros a ellos”.

Esa tarde hubo taller de blusones y chalecos falleros para los niños, que también acuden a estas acampadas. Talleres de poesía, una cadena humana y la asamblea para los “mayores”; en una de esas asambleas se acordó el decálogo de ideas y reclamaciones que ahora mismo se defienden desde Acampada Valencia.

Había sitio y voz para todo el que quisiera aportar, hablar, actuar, pintar, escribir, limpiar o enseñar. Y una pancarta gigante presidía la acampada en la jornada de reflexión. Una pancarta además con un significado muy claro: JORNADA D’INFLEXIÓ (JORNADA DE INFLEXIÓN)

Aquí os dejo dos fotografías más de estos días en la Acampada de Valencia. Son de Carmen Rodrigo y de Ismael Sanchis. En la siguiente entrada, todo fotos.

Carmen Rodrigo

Ismael Sanchis

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