Eva podría ser una mujer cualquiera y tener los mismos problemas que cualquier otra persona en un país occidental. Llegar muy ajustada a final de mes, poder ascender en el trabajo, acabar de decorar su nuevo piso o, de tener hijos, que no les cayera ninguna en segundo curso. Pero Eva tiene varias peculiaridades que le suponen un handicap muchas veces; cuando muchos rebeldes teóricos han querido provocar, han dicho que Dios es mujer y negra. Cuando se ha querido hablar de dificultades para tener oportunidades en la vida como los demás, se ha dicho que una realidad difícil puede ser la de ser mujer y lesbiana (yo añadiría, tal y como están las cosas, y además, autónoma). Pero todos los que dicen eso no conocen a Eva, porque seguramente cambiarían sus palabras; Eva es mujer, inmigrante, negra y ciega. Vamos, que solamente le falta ser homosexual y autónoma, pero no es el caso. Afortunadamente, porque Eva ya tiene bastante encima con lo que tiene.
Su ceguera es congénita, al igual que el color de su piel y también que su tenacidad. Nadie de los que le conoce sabe cómo Eva pudo llegar desde su país, como inmigrante ilegal, arrastrando su ceguera. Si muchos de los que se quejan de la mala accesibilidad de muchas ciudades españolas, se plantearan la accesibilidad del Sahara, de la sabana, o del Estrecho de Gibraltar, probablemente caerían mareados. Seguramente debido a su ceguera, fue a parar a una ciudad como Soria, tan alejada en todos los sentidos de su tierra natal. Cualquier inmigrante que viera a donde se dirigía hubiera elegido, al menos como primera opción, Madrid, Barcelona, Valencia, alguna provincia costera y agrícola andaluza…¿pero Soria? Con todos los respetos para la defensa numantina… ¿Soria? Pues sí, Soria, allí acabó Eva. Decíamos que nadie sabe cómo pudo llegar, porque ella se niega a contar una sola palabra de aquella odisea, probablemente sufriera mucho, pero un tipo distinto de sufrimiento al que muchos imaginan, porque Eva una noche, en su casa adaptada por ella misma a su invidencia, me contó, invitándome a un fuerte licor de hierbas, que lo que más le dolía de aquel viaje, por muy ilegal, duro y peligroso que fuese, fue no poder ver nada de los paisajes que iba cruzando. “Seguramente eran muy hermosos e impactantes”, me decía entre trago y trago, “pero entre la ceguera y que llevaba el resto de sentidos centrados en mi supervivencia, no pude ni imaginar cómo serían”, y remataba la frase colocando certera, de un golpe, el vaso del licor en la mesa. También le pregunté por qué con todos los peligros que ya de por sí correría, además de con su problema, se decidió a abandonar su país y emprender la aventura para acabar en… en fin, en Soria. “Imagínate cómo serán las cosas allí. Y aquí, por muchos problemas que tenga, al menos puedo cruzar la calle sabiendo que los coches están parados. Ya sabes, los pajaritos esos que tenéis metidos en los semáforos”. Y Eva sonreía sin enseñarme los ojos, detrás de unas oscuras gafas de mercadillo. De mercadillo porque, aunque Eva tuviera más oportunidades aquí que en su tierra, hemos de recordar que era negra y ciega, así que su poder adquisitivo no daba para mucho, por eso se cogió una de las gafas que vendía en su puesto de mercadillo. ¿Os imagináis a Eva montando ese puesto? Pues lo hacía, con tacto, oído y la ayuda de muchos de sus colegas de profesión, que corrían raudos y preocupados, primero, admirados después, a socorrerle primero, colaborar con ella, después. Respecto a eso yo siempre recordaba una frase de un libro que me hicieron leer de pequeña en el colegio, Saïd, y decía que muchas veces, inmigrantes, gente con problemas, desfavorecidos, no necesitaban una palmadita en el hombro, sino un brazo al que agarrarse para caminar y luchar juntos, y más o menos eso era lo que necesitaba, y poco a poco iba recibiendo, Eva.
Cuando Eva llevaba ya un tiempo en Soria, se enteró de que había una asociación que ayudaba a discapacitados físicos a superar sus problemas mediante el ejercicio físico y el trabajo en equipo. Y no se trataba de pasear por la playa o jugar a la petanca, no. Eran puros retos que muchos “capacitados” habrían dudado si afrontar. Se podía bucear (aunque la verdad, era la más arriesgada y menos practicada) se podía patinar sobre hielo, hacer escalada en rocódromos, senderismo por parajes cercanos…todo eso para prepararse para aventuras mucho mayores; descender el Sella, subir la sierra de Guadarrma, los Picos de Europa o Albarracín…y el viaje final; subir a la cumbre del Kilimanjaro. Y todo gracias a una fuerza mental y un trabajo en equipo totalmente fuera de lugar. Así, de paso, se daban cuenta también de lo buena que es la innovación y la colaboración, y de que todos, tenemos nuestra oportunidad. Pero por supuesto, por mucho que lo deseara, ella no podía subir al Kilimanjaro, ¿cómo iba a salir de un país al que había entrado ilegalmente para volver así, por las buenas, a la tierra de la que huyó? No, y además tenía claro un proyecto, valiente proyecto, en mente. “Porque yo salí sabiendo leer en braile” explicaba, tuvo esa suerte. Pero mucha gente de su lugar como ella, no. Así que se unió a esa asociación, colaboró, viajó, se superó, ganó, alcanzó e innovó. Aprendió más de lo que nunca imaginó sobre ella misma, porque en aquel viaje primero tan arriesgado se centró en sobrevivir en un entorno hostil en el que no tenía igual, pero en ese grupo nuevo, aprendió a abrirse y escuchar, a los demás y a la naturaleza. Un par de años después, estaba preparada para su realizar su proyecto.
Cerró su casa, se metió con su bastón y un par de maletas en mi coche y caminó, llena de confianza hacia su destino, por el aeropuerto de Barajas. Iba a coger un avión hasta su tierra y yo había ido a despedirla. Sonriéndome de nuevo la noche anterior, detrás de aquellas gafas, me regaló todas sus botellas y vasos de licor de hierbas.
Además de las maletas llevaba una mochilla deportiva cargada de libros, libros en braile. Y no se esperaba que en Barajas estuviera casi todo su grupo de actividades aguardando para despedirla. Cuando se los encontró por fin les explicó, porque nunca había querido hacerlo, que se iba a Kenia a formar otro grupo como el de ellos, donde enseñar todo lo bueno que allí había aprendido, y que la mochila llena de libros en braile era para enseñar a su gente, la que estuviese ciega, a leer. Para que pudiese disfrutar todo lo que ella había disfrutado un día…sí, en Soria.
Dejó que le indicaran por donde ir pero no permitió que ningún azafato le acompañase hasta la puerta del avión por el tubo de embarque, “otra cosa sería que fuera por escalerillas”, sonrió detrás de sus gafas y enseñando sus dientes. Y se fue. Meses después nos escribió con un montón de fotografías e historias de su grupo. Planeaban, los que se lo podían permitir, un viaje al Kilimanjaro. “Ya que no pueden oír vuestros pajaritos en los semáforos”…nos decía.
En realidad, los de “Dios es mujer y negra”, esta vez, podrían cambiarlo por “Dios es una mujer, no ve, y es negra”.