15M + 4 días

  “Ya no quedan corderos que sacrificar en el altar de los mercados”. Lo decía el cofundador de Periodismo Humano y director de eldiario.es, Juanlu Sánchez, en la tertulia de “Hoy por hoy”, el 15 de mayo, justo cuando se cumplía un año del “nacimiento” del movimiento 15M. Muchos son los tertulianos que han opinado acerca de la actualidad y el futuro de este heterogéneo movimiento cívico, acerca de los “indignados”. Yo me quedo con la opinión de uno de ellos, aunque no recuerdo el nombre del que opinaba, tiene razón; “el mayor triunfo del 15M es que un año después sigue estando ahí”, decía. Las acciones de este grupo se suceden todos los días desde que volvieran a salir a la calle a manifestarse el sábado 12 de mayo, pero casi no se habla de ellos, ¿por qué ya no tienen resonancia ni importancia? ¿O porque esas noticias se están viendo superadas por la acelerada debacle de la política y la economía europeas? Debacle que parece no tener freno y que cada día le dan más sentido a movimientos como éste, que al fin y al cabo lo que vienen a afirmar y advertir, es lo mismo que la metáfora de los corderos y el sacrificio utilizada por el periodista sevillano en la Cadena SER.

Sólo un día antes, el ministro de Economía, Luis De Guindos mostraba su derrotismo y desesperanza con una declaración en Bruselas que dejaba bien a las claras la situación en la que nos encontramos: “El Gobierno español ya no puede hacer más”, decía, en un claro llamamiento a sus colegas europeos para pedir ayuda. Aún estamos esperando respuesta y apoyo, mientras los mercados siguen atacando y la prima de riesgo rebasa máximos históricos a diario, alcanzando cifras que, de seguir en la oposición, a Cospedal y Montoro les habría hecho soltar espumarajos por la boca pidiendo a gritos unas elecciones anticipadas. Y no olvidemos que estos recortes se añaden a los que hace dos años ya inició el gobierno de Zapatero y que fueron los que ya llevaron a la convocatoria de una huelga general y de decenas de manifestaciones que precedieron al nacimiento del famoso 15M. Aunque ahora muchos, de forma tendenciosa, quieran borrar eso de la hemeroteca y cargar contra los manifestantes diciendo que sólo se han lanzado a la calle cuando los populares han llegado a Moncloa. Mentira.

Fueron las medidas impuestas desde Bruselas y Berlín las que los sacaron a la calle, primordialmente, y las que siguen empujando a estos movimientos. Porque después de cinco años de tcrisis galopante (dos de ellos negando lo evidente y sin actuar y tres con medidas que recortan derechos y libertades y frenan el crecimiento) la situación no ha mejorado nada y las administraciones ni transmiten confianza, ni fiabilidad ni tampoco ideas nuevas. Ni autoridad, al menos con “los mercados”. Eso sí, de autoritarismo con el pueblo ya nos hemos dado cuenta que van sobrados.

Día sí y día no se conocen detalles de las numerosas tramas de corrupción que han campado a sus anchas por toda la geografía nacional, cuyas listas de implicados se hacen eternas y el total de millones de euros públicos derrichados y malversados es tan mareante como indignante, sobre todo cuando la gente se da cuenta de qud los huecos dejados por incompetentes y chorizos se han de pagar con erario público. Seguir preguntándose si en este contexto un movimiento como el 15M tiene sentido, es preguntarse si es normal que el aceite se queme si se deja en el fuego; toda acción tiene una reacción.
El diario La Razón intentó meter en el centro de la diana a los supuestos cabecillas de este movimiento en un deleznable movimiento de acusación pública, y el día del primer aniversario publicaron un artículo con el que aseguraban desmontar y desenmascara el 15M… sin datos ni testimonios ni información contrastada; tan sólo limitándose a repetir el acomodaticio mantra que sus lectores quieren recibir, y de paso recibir las loas de sus fieles, con calificativos como “periodismo implacable y valiente”. Nada más lejos de la realidad, el periodismo implacable y valiente baja a la calle e investiga y se empapa de la realidad para luego transmitirla, no se dedica a complacer al poder establecido.
Exigirle a un movimiento heterogéneo y espontáneo como el 15M que tenga una estructura, un formalidad y una clarividencia que ni siquiera los dos grandes partidos poseen es injusto e intentar desprestigiarlo gratuitamente es inútil; tiene tanta vida y tanto movimiento, y ahora mismo tantos argumentos para existir, que seguirá caminando y definiéndose y transformándose por sí mismo, para bien o para mal. El 15M no necesita que lo definan, necesita que lo tomen en serio.

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Once palabras para un punto de inflexión.

 

“Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir”. Las once palabras pronunciadas por Juan Carlos I a la salida del hospital donde fue operado de la cadera, después de caerse en un viaje para cazar elefantes en Botsuana. Once palabras que se esperaban, que han levantado revuelo, que han vuelto a dividir opiniones apasionadas (que mira que nos gusta eso en España) y que pueden marcar un antes y un después. Esa disculpa era, para la corona española, más que necesaria, y es un hecho inédito, es verdad; no se ve todos los días a todo un Jefe de Estado admitiendo su error sin excusas y pidiendo perdón a su pueblo. Aunque aún no nos quede claro por qué exactamente pedía perdón; si por irse de safari con la crisis con Argentina e YPF ya abierta y la prima de riesgo por las nubes, si por irse precisamente a cazar elefantes, siendo miembro de honor de WWF-ADENA o, ya puestos, por todos los escándolos, incidentes y salidas del tiesto que el Borbón y su familia están protagonizando desde hace unos meses.

Hay que aceptar el gesto (lo suyo le habrá costado, seguro) y reconocer que ha reaccionado bien. Pero no basta con eso. No se le puede dar el apoyo absoluto y ciego a una institución pública, que representa a más de 40 millones de ciudadanos, mantenida del erario público, vetusta en su estructura y sus normas y, para más inri, no elegida por sufragio, sino “impuesta” por la vía de la sucesión y a dedo en los últimos suspiros de una dictadura. Se entiende la postura, cauta, claro, de los dos grandes partidos nacionales. PP y PSOE, oficialmente, valoran y aceptan las disculpas y pretenden dar carpetazo al tema.

Pero no, la herida está abierta y por incómodo y conflictivo que sea, tarde o temprano habrá que tratar las cuestiones que otros partidos con representación parlamentaria han puesto sobre la mesa; no hablo de referéndum para decidir si se quiere o no una monarquía, hablo de cuestiones más técnicas y profundas. Para comenzar, la Casa Real (toda) debe someterse a la Ley de Transparencia, en sus presupuestos y sus movimientos. No me interesa saber en qué habitación de qué hotel se alojan Felipe y Leticia en sus vacaciones, pero sí quiero saber si visitan países que infrinjan Derechos Humanos, si reciben tratos de favor de empresarios de esas naciones, o si cometen actos que, aunque legales, puedan ser deshonrosos para la sociedad que representan. Y es necesario volver a ajustar las cuentas y recortar más lo destinado a la manutención a la Familia Real. Una vigilancia más dura de sus actividades empresariales y económicas ha de ser irrenunciable, porque después del Caso Nóos queda claro que algunos de los miembros reales usaban su posición para obtener tratos de favor, contactos beneficiosos, contratos más jugosos y hasta para estafar con mayor ligereza a administraciones públicas. Y debemos comenzar a pedir, sin complejos, responsabilidades. Si alguno de sus miembros patina, falla en su labor y daña nuestra imagen, no basta con perdonar. Es ésa una actitud servil más propia del absolutismo medieval (o del pasotismo cívico de una sociedad que prefiera no conocer y sólo ganar) que de un Estado que quiera dar imagen de seriedad, ciudadanía, conciencia y progreso. Y ojo, progreso también económico y empresarial, o es que ¿alguien piensa que todas estas andanzas y errores no han ayudado a debilitar la marca España y dejarnos vendidos ante otros países y los mercados, como ahora estamos?

No se trata de tú me gobiernas, tú me representas, en apariencia lo haces todo bien y yo agacho la cabeza y acato y ya está.  No podemos aceptar lo que se nos pide desde el Gobierno popular, que ni siquiera cuestionemos la institución; bastante aborregados estamos ya, para que además me digan que esto no me lo puedo cuestionar. Se trata de “tú me representas, te mantienes con mis impuestos, eres la imagen que de mi pueblo se proyecta, tienes  que asumir responsabilidades y rendirme cuentas de todo”. Y si no se está conforme ni dispuesto, la alternativa tiene un nombre; abdicación.

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Nacional 332, recta de El Vergel

Hace unos días recorrí los 15 km, que más o menos, separan Oliva de Dénia por la carretera Nacional. En no llegaron a 10 km, 13 prostitutas conté; apostadas en los márgenes de la carretera, con sillas de plástico, sin ropa interior algunas (no, ropa interior mínima no, sin ropa interior). Y al final de ese tramo (la recta de El Vergel, como bien me apuntó @ryukenichi en Twitter), un club de alterne.

Se me parte el alma cada vez que las veo. Una de ellas hablaba por el móvil, ¿qué le contará a quién?, no pude evitar preguntarme. Porque son personas, con sueños (frustrados, seguramente), con seres queridos, sentimientos y pasado. No el cacho de carne donde clavarla para quedarse satisfecho, por un puñado de euros. Y no, no voy a hablar aquí de lo que pienso de la prostitución, de si lo hacen porque quieren o no, de si habría que legalizarla o no. Voy a hablar de la repugnancia que me produce la clientela de la prostitución. Empezaré diciendo que en absoluto respeto que haya quien gaste su dinero en esos “servicios”, por algo muy sencillo; no creo que sea algo que respetar. Es denigrante, asqueroso e inhumano. Y me gustaría saber mediante qué extraño mecanismo, hay a quien le siguen haciendo gracia ciertas bromas que se hacen con el tema, o, peor aún, como puede haber quien aún crea la tontería esa de “es la profesión más antigua de la humanidad”. En qué cerebro conformista y trasnochado sigue entrando que hubieran putas y putos antes que curanderos, matronas, sacerdotes o cazadores.

Entraditos ya en el siglo XXI, la prostitución me parece un reducto de esclavitud: una forma más de cosificación de las personas. Una cosa es el libre mercado, el intercambio de bienes, servicios y dinero, la mercantilización de TODO lo que nos rodea, y otra pagar para que alguien finja que le apetece compartir con el cliente, algo tan íntimo y básico como el contacto físico y una relación sexual. Las caras y el tono de voz con los que muchos de esos clientes se dirigen a calibrar el producto lo dicen todo; no es una relación de intercambio en la que las dos partes salgan plenamente beneficiadas, es una relación en la que, el contratante del servicio, valora a una persona para su satisfacción individual, sin tener en cuenta su dimensión humana. Y al final, creo, rebajándose incluso la dimensión humana del cliente mismo, que en lugar de salir a relacionarse, ofrecer sus cualidades e intentar provocar algún interés en alguien, prefiere pagar y satisfacerse rápido sin más.

Por no hablar de la poca consideración hacia la situación real de esclavitud a la que estas personas están sometidas. Si dejamos de lado a aquellos que ejercen la prostitución de lujo, o que trabajan como chico/chica de compañía, y que suelen controlar su negocio y decidir la clientela y cuando parar, si dejamos de lado a ese sector, decía, nos encontraremos con personas a las que no les ha quedado otro remedio, que han sido engañadas en muchos casos y que ven sus beneficios mermados por la cuota que han de pagar al proxeneta de turno. Y tampoco ha de ser sencillo salir de ahí una vez se ha entrado, si no, ni abundarían tanto, ni durarían tanto.

Yo lo siento, pero mientras siga viendo prostitución en polígonos industriales, carreteras nacionales y caminos de labor, mientras siga viendo a personas rebajarse a sí mismas y a otras valorando como simples cachos de carne a otras… me seguirá quedando una espinita con el ser humano.

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Música para la esperanza

Me da miedo el país arruinado económicamente, empobrecido moralmente y cutre, muy cutre en cualquier aspecto, al que estamos encaminándonos en los dos o tres últimos años. Por eso me sientan tan bien videoclips como éste: sacudidas de lejanos aires frescos. Lejanos pero comprensibles gracias a aquello de la colonización y el compartir idioma. Historias dignas de lucha y de fe, sobredosis de una realidad a la que le damos la espalda y que no interesa vender. Mientras haya gente capaz de escribir canciones así, de apostar por la creatividad así, habrá esperanza.

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Gürtel, los trajes, el honor y la tierra saqueada

Ayer por la tarde-noche se conoció, al fin, el veredicto del jurado popular para Camps y Costa por el caso de los trajes; no culpables, por 5 votos a 4. La sentencia levantó pronto muchísimo comentarios, tertulias, reacciones, editoriales, sensaciones y manifestaciones. Incluso una nueva acampada a las puertas del Tribunal Superior de Justicia.

Lo primero que todo el mundo afirma, claro, es que justicia es justicia y hay que acatar y respetar. Después de esto, vienen desde los que se alegran porque los dos, pero sobre todo Camps, han quedado absueltos, hasta los que reclaman la restitución de  la honorabilidad del ex presidente e incluso su cargo, o que se recurra el veredicto a instancias superiores. Sea cómo sea, queda la sensación de que, tras los datos conocidos, las conversaciones escuchadas y las escenas vistas, la honorabilidad que habría que restablecer sería, más bien, la del pueblo valenciano entero. También que muchas cosas se han hecho mal en este juicio, empezando por separar una rama, la de los trajes, mínima, muy pequeña,  no  solo de la ramificación valenciana de la trama de corrupción, sino de todo el Gürtel en general. Una red de tráfico de influencias, de corrupción, de favores políticos y económicos y de personajes de sainete que aquí en nuestras tierras, se llevó un buen trozo de pastel, pero que actuó en otros muchos lugares de España.

Otro error ha sido el cometido por voces, posturas y tribunas que han querido convertir este juicio en uno político; olvidando que a Camps y Costa se les juzgaba por aceptar, o no, regalos a cambio de favores, no por financiación ilegal del partido y, mucho menos, por haber mal gobernado durante años la Comunidad Valenciana hasta dejarla en la absoluta ruina. Ésa es otra cuestión y más nos valdría saber separar y distinguir.

Quedan todavía muchos puntos por investigar y juzgar. Y todo esto traerá cola. Los efectos políticos no tardarán, ¿qué pasa con Campos y Betoret, acusados del mismo delito y que se declararon culpables? ¿qué pasará con Camps, Alberto Fabra y la presidencia de la Generalitat? ¿Y con gente como Ruso o Barberà, que no estaban cómodas con la forma de trabajar del nuevo presidente y que además siempre defendieron Francisco Camps? ¿Comenzará ahora de forma abierta una guerra civil y de intereses dentro del PP valenciano? Muchos interrogantes se abren ahora delante del futuro de los valencianos.

Demasiados si tenemos en cuenta los problemas gigantes que hace falta afrontar y resolver. Una nueva sacudida y más turbulencias es sin duda aquello que menos necesitamos. Continuar ocupando portadas nacionales con temas que nos provocan vergüenza de nosotros mismos es otra cosa que se nos viene encima y que no necesitamos. Pero visto el camino cogido, es nuestro destino durante unos cuantos meses, y con esto habremos de levantarnos cada día, pensando en cambiar el signo de los valencianos.

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Holocausto caníbal

Sí, la película 1980; me ncontré con ella por casualidad en La Sexta 3 hace unas semanas. No, no es agradable de ver, pero estaba sola y me dije eso de “si no puedes con ella, para eso tienes al lado el mando a distancia”. Y la vi; esa noche tengo que decir que no tuve pesadillas, y apenas me ha traicionado el subconsciente con algunas de sus imágenes más repugnantes y duras. Para quien no sepa de qué va, Holocausto Caníbal cuenta el viaje de cuatro documentalistas al corazón de la selva amazónica para realizar el documental de unas tribus caníbales que viven en determinada zona y que apenas han tenido contacto con el mundo “civilizado”. Desaparecen y la productora decide enviar un nuevo equipo a buscarlos; este nuevo equipo averigua que los cuatro jóvenes están muertos y recuperan el material filmado para revisarlo y decidir si se emite o no. Lo que descubren es que los cuatro reporteros eran unos auténticos capullos, descerebrados, manipuladores del material que filmaba, prepotentes y violentos. Y que como bien dice el padre de uno de ellos cuando es entrevistado al saltar la noticia de que han perecido en el Amazonas, “mi hijo era un auténtico hijo de puta, morirse es lo mejor que ha podido hacer en su vida”. Asustan, violan, torturan, empalan, queman vivos y se mofan de los diferentes componentes de las tribus que van encontrando para filmar material falso y mostrar la barbarie en la que supuestamente viven los indígenas. Como no podía ser de otra forma, los indígenas, hartos de que esos niñatos les toquen los cataplines, acaban cazándolos, troceándolos y comiéndoselos.

Las escenas más desagradables, si de sangre y vísceras hablamos, son las finales en las que se ve con todo lujo de detalle como los caníbales se vengan de los cuatro reporteros. Sin embargo, me resultaron muchísimo más duras y de ver aquellas en las que se ven como los cuatro “civilizados” dan rienda suelta a su violencia para manipular la realidad, haciendo sufrir a las tribus. Y me acordé de aquello que diera hace tiempo en la facultad, la dicotomía entre civilización y babarie; quién representa el progreso y quién la barbarie en realidad; quién es realmente más civilizado o avanzado. Me dije que no estaba tan mal ese último mensaje que, si se rasca un poco entre la sangre que salpica a la cámara y la insoportable música que acompaña a las imágenes, se puede encontrar en Holocausto caníbal.

Pero no, qué va. Está claro que es una película gore, y como tal, no se puede pretender no encontrar  violencia, planos desagradables y sufrimiento explícito con mucho órgano por medio. Hasta ahí vale. Pero difiero de la opinión que dice que es una obra genial para mostrar la dichosa dicotomía que durante un tiempo ocupo mucho espacio en la literatura latinoamericana; para plantearse quién es más bárbaro, si las tribus que habitan recónditos espacios con costumbres y usos primitivos, o los exploradores portadores del progreso pero también de la destrucción, no es necesario torturar y matar DE VERDAD animales como la tortuga o el cerdo que aperecen en la película de Rugero Deodato, ni simular que se empala a una chica tras violarla, que se deja morir quemada a una anciana o que esos violadores finalmente son devorados. Para plantearse esa cuestión, basta con leer obras de verdadera calidad, más fuertes que violentes, más reales que explícitas, como La Vorágine de José Eustasio Rivera o El Matedero de Esteban Echeverría

La primera también habla de exploradores que se adentran por diferentes motivos en la selva; y con maestría, Rivera consigue que la selva en sí misma, sea un personaje de esa novela. Que asfixie, enloquezca y demonice a los personajes. Que la selva sea la que muestre la crueldad y la explotación a la que el entorno sometía a sus habitantes, que se explique a sí misma. Y Esteban Echeverría ya se encargaría, más centrado en el costumbrismo y en el realismo, con su relato publicado en 1871, de mostrar los límites violentos que por necesidad y también por idología puede alcanzar el ser humano, convirtiéndose también en bestia irracional.

Si alguien que haya visto Holocausto caníbal se ha planteado la misma cuestión que minutos después de verla me planteé yo, ya sabe qué dos obras le pueden hacer disfrutar desde otra dimensión.

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Mil soles espléndidos

  Hacía tiempo que lo miraba, en una estantería de mi casa de Cheste,  hasta que en una de mis últimas idas y venidas lo saqué de su sitio, lo metí en mi mochila, y me lo llevé para leerlo. La casualidad quiso que me encontrase a mitad de lectura de Mil soles espléndidos, de Khalid Hosseini, en las fechas en las que se cumplió una década de los atentados del 11-S.

Reportajes, films, testimonios, documentales, recopilaciones de datos, extrañas iniciativas para buscar la participación de la audiencia (“Cuénteme, ¿qué estaba haciendo cuando se estrallaron los aviones en las torres?” Yo me enteré mientras arreglaba mi cuarto escuchando la radio, con 17 años, ¿qué interés puede tener eso?), y ya que estábamos, horas y horas de historias personales, canciones y películas sobre, de y en Nueva York. Que eso siempre es muy efectivo. Y todo eso estuvo muy bien, pero estaba incompleto; porque no toda la historia ni la problemática de aquellos hechos se centraba únicamente en NYC. A miles de kilómetros de la ciudad norteamericana, algo había pasado y seguía pasando, relacionado con el terrorismo islámico. Sí, Afganistán; una nación gobernada por una monarquía, invadida por soviéticos tras un levantamiento comunista, tomada por talibanes y ahora viviendo en una frágil e inmadura democracia.Un país grande que sufrió lo que los expertos en eufemismos llaman “daños colaterales”; cuando se vio bombardeado por la exaltada de misión de atrapar, fuera como fuera, a Bin Laden.

Confío, bueno, más bien deseo, que cuando se cumpla dentro de nada el aniversario de la misión “Libertad duradera”, los compañeros de los grandes medios dediquen también algo de tiempo a contextualizar el antes y el ahora en Afganistán, que ofrezcan la crónica de las convulsiones políticas y sociales que ese país ha vivido en los últimos 30 años, que rememoren la desaparición de los excepcionales Budas gigantes, tallados en las montañas, a manos de los talibanes. Que hablen algo de la cultura, el arte y los paisejes de un lugar que era algo más que pastores con bigote y AK-47, mujeres con burka, montañas yermas, ciudades bombardeadas y calles tomadas por la “yihad”. Por aquello de entenderlo todo mejor, de entendernos todos mejor. Para que tampoco sea inútil el sacrificio de vidas civiles y la destrucción de infraestructuras y esperanzas en Afganistán, ni nos parezca tan lejano y estrambótico todo lo que allí se vive, y cómo se vive.

Y si no, siempre nos quedará la absolutamente recomendable Mil soles espléndidos, con su dureza y su ternura caminando a la par por las calles de Herat y de Kabul, con la perfecta forma de narrar la historia de una nación y el amor y la esperanza por ella, a pesar de todo. A pesar de la distancia que separa Khalid Hosseini (quien por cierto, y tal vez os suene, también escribió Cometas en el cielo) de su tierra. Con todo el desgarro que provoca hacerlo desde la óptica de una mujer, tras un pañuelo, tras un burka. Y a esperar para ver qué haremos los medios el 7 de octubre.

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