Yo sigo insistiendo en lo que ya comenté la semana pasada: quien diga que con el calor seco de Madrid no se suda, que salga a la calle Alcalá a comer a las 3 de la tarde…o se pegue la carrera que me he pegado hoy por Gran Vía.
El día, caótico en realidad, me ha entrado por los ojos y los oídos y ha ido saliendo por los poros con una calma que no recuerdo haber poseído en mucho tiempo. Son esas “pequeñas cosas”, que te desquician poco a poco, pero que se han visto equilibradas por las otras cosas insignificantes y breves pero imprescindibles de este fin de semana. Ayer pude volver a bañarme en esa playa de Cullera que mi familia lleva contemplando desde hace más de cuatro décadas, y me eché la del borrego, antes de la paella, con un airecillo delicioso entrando por la ventana. Hasta la paella, que nunca ha sido de mis arroces favoritos, me entró con ganas. Y todo mientras mi sobrino se bañaba en la piscina hinchable que entre las dos le hemos regalado por su segundo aniversario. Todo después de una cena en patio de verano y una noche verbenera, que por cierto, la orquesta Evasión debería hacérselo mirar, si no aguantan lo del sábado por la noche, mejor no se pasen por Cheste en una auténtica verbena de paellas, que no duran ni una hora actuando. Así que si el CEU pasa de hacerme caso a lo que le pido en su desastre de programa de automatrícula y me obliga a quedarme un año más en la facultad, pues ya llamaré mañana. Y si Chacón y el nuevo general del aire no dicen nada interesante en la toma de posesión del cargo, y además resulta que estoy grabando con el micro cerrado…pues ya iré a cubrir otra cosa. Y si RENFE decide dejarme parada 20 minutos en la entrada a Atocha y provocar que llegue tarde… pues llamo y aviso, que tampoco es culpa mía.
Por lo demás, confirmar lo que ya muchas veces he comentado, que muchos ya sabrán, y que Amparo y Altea, por ejemplo (gracias por la alegría y la visita, chicas) han podido comprobar. Y es que aquí no hay playa (y el calor es, por mucho que digan, mucho más insano que el de la costa), y la masa de gente en continuo movimiento, a cualquier hora, cualquier día, absorbe y agobia. Pero en transporte público, nos pegan mil vueltas, en precio, en frecuencia de paso, en velocidad, en conexiones… así sí da gusto usarlo y dejar el coche aparcado.
De las tapas ya no diga nada, en la terreta no se estila y a mi me pirran. Mira, igual esta noche celebro el año y dos meses con un par de cañas y compañía, ¿no? Aunque bien mirado, también, teniendo delante un plato de tellinas recién cogidas y otro de tramusos con cazalla esperando a que se haga el arrocito… ¿quién quiere tapas?
Por aquí seguimos evolucionando y aprendiendo
