.. que posee la Comunidad de Madrid en la península, llevamos un par de fines de semana escapándonos a provincias cercanas, hábito que ya habíamos adquirido el año pasado con Toledo y Guadalajara, y que este verano ha sido ampliado con Ávila y parece que quizá Segovia.
La diferencia es que esta vez no hemos visitado capital de provincia ni ciudad, más bien parajes. Hace dos semanas quisimos acercanos a “La Lancha del Yelmo” (ya sabéis como son por las Castillas y la meseta, que todos los parajes y poblaciones tienen que ser “algo de algo”, si no es como si no tuviesen nombre. No conseguimos encontrarlo y llevadas por el consejo de una amiga, nos acercamos al Embalse de San Juan, conocido como “la playa de Madrid” (otra manía esa de querer buscarse playa, nano, no tenéis, y no tenéis, y ya está). El lugar es recomendable para entre semana y sábados, si se tiene cuidado con las corrientes normales de cualquier pantano, y si recuerda uno que el sol de la sierra quema incluso más que el de la costa (comprobado en carnes propias). Lo cierto es que excepto el muro del embalse en el horizonte, el paisaje en sí es bastante idílico, incluso gracioso…¿o no es gracioso ver barquitos de vela y patines de pedales navegando por un pantano? 
El pasado domingo íbamos a acercarnos a Navacerrada (sí, o sea, súper pijo-castizo de la muerte) pero la compañía que debía llevarnos nos falló y volvimos a San Juan. Domingueros a mansalva, chimba chimba y reggeaton saliendo de coches con maleteros abiertos, parroquias evangelistas celebrando ceremonias y bautizos colectivos…(como lo leéis) y arañas invasoras de piernas nos hicieron huir de allí por patas, dirección “busquemos de nuevo ‘La Lancha del Yelmo’”. Tras recorrer con el coche San Martín de Valdeiglesis y El Tiemblo, y habiendo asumido que íbamos a acabar el día con una cañita y un chuletón en la muralla de Ávila (10 años después no he olvidado aquella comida familiar…qué carne!), apareció ante nosotras una señal en una rotonda, “El charco del cura”. Si charco es igual a agua…veamos que nos encontramos.
Y nos encontramos un embalse más pequeño y menos concurrido, con un merendero con unos dueños no muy acogedores, la verdad, y un terreno de secarral y calor atravesado por un río frío, helado, claro y solitario, ancho y caudaloso como yo nunca había visto, y que comenzamos a recorrer haciendo escala en pequeñas calitas de roca en las que apenas nos encontramos con tres personas y un perro.
Chapuzones de energía pura; las rodillas y los tobillos atenazados cuando te sumergías, y una inyección de vida nueva cuando salías del agua. Una auténtica delicia. La felicidad era eso, pocas veces me he sentido como en esos pasos que me llevaban por el lecho de rocas hasta la ribera del río.
Me hubiera encantado colgaros fotografías, pero la cámara, oh de mi, iba sin tarjeta de memoria. Solo pudimos hacer algunas con el móvil y no sé si podemos pasarlas. Así que aquí os dejo algunas muestras que no son mías, y a ver si para la próxima excursión, además de aprovechar la “centritud”, recuerdo que la cámara necesita pilas y tarjeta…
Y aprovechando la era de las telecomunicaciones, me llega un tríptico de Altea, metida hasta el cogote en la asociación Babel Valencia, informándome de que ya están sentadas las bases para el primer concurso de fotografía de dicho colectivo.
El tema: “Mamá, vull una bicicleta”. La intención, concienciar, sobre todo en Valencia, del uso y abuso de un medio barato, rápido y ecológico como la bici. El número de fotos a enviar es libre, al igual que la composición y la forma. Deben ir, eso sí, acompañados de un comentario realizado por el propio autor. Todas las fotos se expondrán el próximo octubre en la Universidad de Valencia, y también en su página web. Y será en esa exposición donde, tanto por votos reales como virtuales, se decidirán los ganadores.
Podéis consultar más sobre esta iniciativa en la web de Babel Valencia o poniéndoos en contacto con Altea Mas, que seguro que en cuanto lea esto, me pasará una dirección de mail donde escribirle para colgarla aquí.

