Ayer por la mañana, los Goya se colaban en las tertulias matinales y le robaban algún hueco a la ya familiar crisis. También lo hicieron en “La tertúlia” de Canal 9, donde tuve que escuchar una vez más, con la sonrisa superior típica de estos casos, a uno de los colaboradores (lo siento, la ira me cegó y no me dejó ver su nombre), esa frasecita de “yo es que soy objetor del cine español, y hasta que no hagan un producto que sea más para todos los públicos, seguiré siéndole fiel al norteamericano”. Y no sueñen con ningún tipo de argumentación más. Luego personas como ésta, enarbolan la bandera del patriotismo como si fueran sus exclusivos defensores, y no ven dos cosas: una, el daño que se está haciendo, y dos, todo lo que se están perdiendo.
Cierto es que en los últimos años abundan en la cartelera española las películas sobre la Guerra Civil, abordadas prácticamente desde un solo prisma, pero no son las únicas. Alguien debería de informales a estos objetores, patriotas de boquilla, de la existencia de una variedad inmensa de películas de facturación española; las hay que son grandes obras, las hay buenas y las hay que se quedan en entretenidas; exactamente igual que el cine que nos llega allende los océanos. Por unas cuántas filmaciones de un determinado tipo, se pierden una ingente cantidad de otras; “El truco del manco” (social), “Días de fútbol” o ”Manolito Gafotas” (comedia), “El otro lado de la cama” (comedia musical), ”Los otros”, “Tesis” o “REC” (terror), “Nadie conoce a nadie”, o “Los crímenes de Oxford” (suspense), “La vida secreta de las palabras” o “Camino” (drama) son algunas muestras muy muy recientes de un cine que ofrece mucho más de lo que recibe, y mucho más, por desgracia, que lo que la gente percibe. Incluso la película sobre la dictadura que ha cubierto el cupo de fama este año, “Los girasoles ciegos”, es en realidad una factura perfecta y la narración de una intrahistoria que, sencillamente, necesita del marco del franquismo para desarrollarse, pero que ni mucho menos versa exclusivamente sobre las penalidades y privaciones de aquellos años. Negarse a ver los trabajos de Maribel Verdú y Javier Cámara y el último de los guiones de un grande como Azcona, es la pérdida que sufren aquellos que por prejuicios se niegan a pagar por una producción española.
Después, tenemos a aquellos que todavía sienten rencor porque el colectivo de actores españoles, hace ya más de un lustro (dios, qué rencor más viejo e insano), decidieran opinar en aquella gala sobre la entrada en una guerra como la de Irak, ilegal según el reglamente internacional, y contraria a la voluntad de la mayoría de los españoles. Y se creen esa imagen distorsionada que nos llega desde los Estados Unidos, en los que, para bien y para mal, nuestra farándula y nuestr crítica intenta reflejarse. Ponen como modelo las galas políticamente correctas e impolutas que allí se celebran, pero porque no le dedican una mínima atención a las fotografías y los comentarios que, en las revistas de sociedad y del corazón sin ir más lejos, aparecen reflejando las opiniones, iniciativas, protestas públicas e incluso enfrentamientos, de muchos colectivos de actores, directores, productores…sobre la situación de su país. No saben nombrar ni uno solo de los actores pertenecientes al bando conservador o al liberal, y si alguna vez llegan a conocer esas noticias, se callan como traidores y no argumentan ni una sola queja, ni una sola crítica.
También se creen a pies juntillas que los estadounidenses son tan profundamente patriotas en sus filmes por naturaleza, y se quejan de aquí, al contrario, las subvenciones al mundo del arte sirvan muchas veces para crear productos que remuevan conciencias y cuya crítique moleste a muchos. Lo que estos patriotas tan sui generis parece que no saben, o se callan, es que el cine norteamericano recibe también ayudas, condicionadas por exigencias políticas; es decir, cada vez que en una película aparece la tela con barras y estrellas, “plín” caja, cada vez que suena el himno de EEUU, “plin” caja, cada vez que se cantan las glorias de esa nación, “plin”, más caja. Así que están exactamente igual de condicionados y cogidos por las pelotas como nosotros, no se crean. Aunque hacia el otro lado. Si esa variante les parece mejor, es porque son terriblemente tendenciosos; condicionar la creatividad y su supervivencia es igual de desastroso hacia un bando que hacia otro.
Por último, recordarles a todos ellos que en Estados Unidos también se produce cine poco comercial y películas, series y documentales muy críticos e hirientes contra el “American way of life”. Otra cosa es que a las productoras no les convenga ni les salga rentable venderlas a bombo y platillo, y que además, a los patriotas anti-cine-español, no les interese reconocer su existencia ni valorarla.
Por cierto, que la original y trabajada opinión de aquel tertuliano tuvo respuesta en una fina ironía (juas) de uno de sus compañeros de plató, cuando le dijo, “Pues que no te oiga Miguel Sebastián, que ahora dice que hay que consumir producto nacional”. Pues sí, patriota de boquilla y medio pelo, en ese Sebastián está, por una vez, cargado de razón. Y las pérdidas del cine español implican engrose de listas del paro, aumento de deudas, bajada de producciones y bajada del consumo. Que no es poca la gente que trabaja en este sector, y luego aún nos quejamos de la fuga de cerebros. Para patriotismos tendenciosos y rencorosos está precisamente el patio. Con amigos así, ¿para qué quiere una nación enemigos?