Benedicto predicó, pero no acabó de practicar

“Benedicto XVI finaliza su viaje a Tierra Santa. El Papa pidió por la paz”. Así, más o menos, rotulaban en el Telediario 1 de TVE este mediodía la noticia del fin de la visita que durante una semana, Ratzinger ha realizado por Palestina, Israel y Jordania. Pero ayer, en El Economista, encontré una visión algo menos edulcorada (qué narices, nada edulcorada) de dicho viaje papal que yo diría que es casi de lectura obligatoria. Digo, para que no sigamos creyéndonos esa extraña realidad rosa e ideal que nos regalan todos los días, y veamos algo desde otro prisma.

Como no he conseguido encontrar esa columna, la de Javier Nart, en versión digital, la reproduzco aquí íntegramente.

LA COLUMNA INVITADA. JAVIER NART

El Papa en Palestina: la nada

Agotado por el ímprobo esfuerzo de concluir que el más eficaz remedio contra el sida en África es la castidad, Benedicto XVI ha viajado a Medio Oriente. Y allí ha vuelto a repetir obviedades acrecentadas por hacerlo en un lugar donde la metafísica arcangélica confronta a diario la física con el dolor.

Para el más elemental conocedor de la sensibilidad islámica, entrar calzado en una mezquita equivale a hacerlo a caballo en una iglesia. El Papa, por lo que se ve, es un mortal – o inmortal- ajeno al común de los seres humanos y en lugar de descalzarse pisa la mezquita de Amman retapizando sus alfombras. Hace años contemplaba una mezquita en el Darfur sudanés: la propia arena del desierto marcada con piedras y direccionada hacia La Meca que nadie osaba mancillar con sus zapatos. ¿Se acuerdan de la foto de otro Papa bendiciendo a los miserables de las chabolas de Kampala… evitando mancharse con el fancgo gracias a una alfombra roja que habían puesto a sus pies?

Medio Oriente vive una tragedia humana. Una tragedia cristiana: el progresivo éxodo de las comunidades maronita, copta, ortodoxa, católica, siríaca, caldea…que abandonan sus hogares, los países de sus antepasados, transformando lo que era una importantísima presencia cristiana en una uniformidad islámica – los israelíes ya se encargaron de expulsar a los palestinos cristianos en 1947-. Éxodo sumado a la bárbara represión israelí en la Palestina ocupada, donde los cristianos – como palestinos que son-, sufre acoso, expoliación, cárcel, ocupación, humillación y muerte… y allí llega el Papa, con sus melifluas invocaciones a la paz y la tolerancia. Como si Palestina fuera Luxemburgo. Como si los crímenes de Gaza de ayer no hubieran existido.

Eso sí, Benedicto XVI anima a los cristianos a que tengan coraje para hacer frente a la adversidad. El coraje que le falta.

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