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Tres veces dormida con Pearl Harbor

Ben Affleck intentando tener algo de expresividad para el cartel de la película y poniendo cara de guapetón para el perfil de Facebook.

El viernes pasado estaba por la noche tan tranquila en casa de mis padres en Cheste, cenando huevo frito con patatas (no, no pongáis cara de ‘Ala, Gemma…’, que es algo que como una vez cada dos o tres meses) cuando vi que en La 1 empezaba Pearl Harbor. “Ah, pues ésta tiene fama”, me dije. Y como soy muy poco cinéfila, estaba cansada y además en el comedor mi padre veía alguna tertulia de Intereconomía o Veo7 y mi madre, en la cocina conmigo, parecía interesada en la película en cuestión y luego dice que apenas paso tiempo con ella, me dije, “Psá, me quedaré a verla”. ¡A qué hora, Dios mío, a qué hora! ¡VAYA. ROLLO.DE.PELÍCULA!

Para empezar la historia de amor a tres bandas (juas) es de las más cursis que se han parido en la historia del cine. Y mira que las ha habido cursis, ¿eh? Pastelosa pero vacía, poco creíble, aburrida… empalaga y a la vez no me transmitía. Un mérito, por cierto, difícil de conseguir. Después tenemos a Ben Affleck; mi perra, ¡que digo mi perra! ¡cualquiera de los cactus que tengo en la terraza tiene más expresividad que este chico! Claramente lo mejor que ha hecho Ben Affleck en su vida ha sido casarse con, y luego divorciarse de, Jennifer López, y sentirse inspirado junto a  su amigo Matt Damon para llevarse merecido éxito por El indomable Will Hunting (ese, por cierto, si que es un film bueno y entretenido a la par).

Y qué decir de los diálogos que perlan Pearl Harbor, sobre todo los que se mantienen en las escenas de tomas de decisión político-bélicas: pues poca cosa excepto que parecen sacadas de un manual de autoayuda militar barato. Y todo jalonado con una música épica cargante y unos efectos especiales que llegan a apabullar y agobiar. Por cierto, hablando de autoayuda de saldo; la escena en la que Roosevelt se levanta a duras penas de su silla de ruedas para demostrar que si él puede, su nación también puede levantarse del ataque de los japoneses a la base hawaiana, me provocó algo cercano a la vergüenza ajena.

Para rematar el asunto, el film casi no cuenta con momentos de humor. Sólo la ridícula escena en la que la enfermera/futura novia del protagonista le pincha dos veces la misma vacuna en el trasero provocándole una reacción que intenta acercarse a un cómico mareo, sólo esa escena, podría considerarse “comedia”. Pero qué va, intenta acercarse al humor, pero ni lo atisba de lejos. Hubo un momento, lo reconozco, en el que sí me reí; cuando Ben Affleck, desorientado, intenta destapar una botella de cava para intentar camelarse a la chica bajo la luz de las estrellas, y el corcho se le estampa en su maltrecha nariz. Qué demonios, un personaje y una interpretación tan mediocres merecían como mínimo ese castigo.

¿Conocéis el relato de Augusto Monterroso, considerado como el más breve y también de los mejores que se han creado? Por si alguien no lo conoce, tranquilos, yo os lo reproduzco, que es muy corto; “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Algo parecido a lo que me sucedió el viernes por la noche, cuando trasladé el visionado de Pearl Harbor de la cocina al sofá del salón; tres veces me dormí, tres, y en las tres, cuando me desperté, ese bodrio de película seguía allí, en la pantalla plana de mis padres, intentando venderme un alegato belicista-pro norteamericano, excusador del ridículo de Pearl Harbor y maniqueísta hasta extremos que yo aún no había conocido. A la tercera vez que desperté, decidí dejar el dinosaurio de Ben Affleck y Alec Baldwin (entre otros) apagado y marcharme a la cama, sin importarme qué final le depararía la mente de Michael Bay y sus realizadores y guionistas a la intervención militar estadounidense en Japón y a la historia de amor entre los dos soldaditos y la enfermera. Algo parecido a lo que ya me pasara, por cierto, con El hombre que susurraba a los caballos.

Al día siguiente mi padre me dijo que él, aburrido, también se acostó sin importarle el final, antes incluso que yo. Si es que yo sé que tengo a quien parecerme… Cuando al día siguiente busqué, y vi que había sido nominado a 6 Razzie Awards, la antítesis de los Oscar, que se celebra la noche anterior y premia a las peores películas y las peores interpretaciones, me sentí menos sola en el mundo.

Categorías:General
  1. Jimena San Martín
    27/07/2011 a las 11:35 PM | #1

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