Mil soles espléndidos
Hacía tiempo que lo miraba, en una estantería de mi casa de Cheste, hasta que en una de mis últimas idas y venidas lo saqué de su sitio, lo metí en mi mochila, y me lo llevé para leerlo. La casualidad quiso que me encontrase a mitad de lectura de Mil soles espléndidos, de Khalid Hosseini, en las fechas en las que se cumplió una década de los atentados del 11-S.
Reportajes, films, testimonios, documentales, recopilaciones de datos, extrañas iniciativas para buscar la participación de la audiencia (“Cuénteme, ¿qué estaba haciendo cuando se estrallaron los aviones en las torres?” Yo me enteré mientras arreglaba mi cuarto escuchando la radio, con 17 años, ¿qué interés puede tener eso?), y ya que estábamos, horas y horas de historias personales, canciones y películas sobre, de y en Nueva York. Que eso siempre es muy efectivo. Y todo eso estuvo muy bien, pero estaba incompleto; porque no toda la historia ni la problemática de aquellos hechos se centraba únicamente en NYC. A miles de kilómetros de la ciudad norteamericana, algo había pasado y seguía pasando, relacionado con el terrorismo islámico. Sí, Afganistán; una nación gobernada por una monarquía, invadida por soviéticos tras un levantamiento comunista, tomada por talibanes y ahora viviendo en una frágil e inmadura democracia.Un país grande que sufrió lo que los expertos en eufemismos llaman “daños colaterales”; cuando se vio bombardeado por la exaltada de misión de atrapar, fuera como fuera, a Bin Laden.
Confío, bueno, más bien deseo, que cuando se cumpla dentro de nada el aniversario de la misión “Libertad duradera”, los compañeros de los grandes medios dediquen también algo de tiempo a contextualizar el antes y el ahora en Afganistán, que ofrezcan la crónica de las convulsiones políticas y sociales que ese país ha vivido en los últimos 30 años, que rememoren la desaparición de los excepcionales Budas gigantes, tallados en las montañas, a manos de los talibanes. Que hablen algo de la cultura, el arte y los paisejes de un lugar que era algo más que pastores con bigote y AK-47, mujeres con burka, montañas yermas, ciudades bombardeadas y calles tomadas por la “yihad”. Por aquello de entenderlo todo mejor, de entendernos todos mejor. Para que tampoco sea inútil el sacrificio de vidas civiles y la destrucción de infraestructuras y esperanzas en Afganistán, ni nos parezca tan lejano y estrambótico todo lo que allí se vive, y cómo se vive.
Y si no, siempre nos quedará la absolutamente recomendable Mil soles espléndidos, con su dureza y su ternura caminando a la par por las calles de Herat y de Kabul, con la perfecta forma de narrar la historia de una nación y el amor y la esperanza por ella, a pesar de todo. A pesar de la distancia que separa Khalid Hosseini (quien por cierto, y tal vez os suene, también escribió Cometas en el cielo) de su tierra. Con todo el desgarro que provoca hacerlo desde la óptica de una mujer, tras un pañuelo, tras un burka. Y a esperar para ver qué haremos los medios el 7 de octubre.


