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Holocausto caníbal

Sí, la película 1980; me ncontré con ella por casualidad en La Sexta 3 hace unas semanas. No, no es agradable de ver, pero estaba sola y me dije eso de “si no puedes con ella, para eso tienes al lado el mando a distancia”. Y la vi; esa noche tengo que decir que no tuve pesadillas, y apenas me ha traicionado el subconsciente con algunas de sus imágenes más repugnantes y duras. Para quien no sepa de qué va, Holocausto Caníbal cuenta el viaje de cuatro documentalistas al corazón de la selva amazónica para realizar el documental de unas tribus caníbales que viven en determinada zona y que apenas han tenido contacto con el mundo “civilizado”. Desaparecen y la productora decide enviar un nuevo equipo a buscarlos; este nuevo equipo averigua que los cuatro jóvenes están muertos y recuperan el material filmado para revisarlo y decidir si se emite o no. Lo que descubren es que los cuatro reporteros eran unos auténticos capullos, descerebrados, manipuladores del material que filmaba, prepotentes y violentos. Y que como bien dice el padre de uno de ellos cuando es entrevistado al saltar la noticia de que han perecido en el Amazonas, “mi hijo era un auténtico hijo de puta, morirse es lo mejor que ha podido hacer en su vida”. Asustan, violan, torturan, empalan, queman vivos y se mofan de los diferentes componentes de las tribus que van encontrando para filmar material falso y mostrar la barbarie en la que supuestamente viven los indígenas. Como no podía ser de otra forma, los indígenas, hartos de que esos niñatos les toquen los cataplines, acaban cazándolos, troceándolos y comiéndoselos.

Las escenas más desagradables, si de sangre y vísceras hablamos, son las finales en las que se ve con todo lujo de detalle como los caníbales se vengan de los cuatro reporteros. Sin embargo, me resultaron muchísimo más duras y de ver aquellas en las que se ven como los cuatro “civilizados” dan rienda suelta a su violencia para manipular la realidad, haciendo sufrir a las tribus. Y me acordé de aquello que diera hace tiempo en la facultad, la dicotomía entre civilización y babarie; quién representa el progreso y quién la barbarie en realidad; quién es realmente más civilizado o avanzado. Me dije que no estaba tan mal ese último mensaje que, si se rasca un poco entre la sangre que salpica a la cámara y la insoportable música que acompaña a las imágenes, se puede encontrar en Holocausto caníbal.

Pero no, qué va. Está claro que es una película gore, y como tal, no se puede pretender no encontrar  violencia, planos desagradables y sufrimiento explícito con mucho órgano por medio. Hasta ahí vale. Pero difiero de la opinión que dice que es una obra genial para mostrar la dichosa dicotomía que durante un tiempo ocupo mucho espacio en la literatura latinoamericana; para plantearse quién es más bárbaro, si las tribus que habitan recónditos espacios con costumbres y usos primitivos, o los exploradores portadores del progreso pero también de la destrucción, no es necesario torturar y matar DE VERDAD animales como la tortuga o el cerdo que aperecen en la película de Rugero Deodato, ni simular que se empala a una chica tras violarla, que se deja morir quemada a una anciana o que esos violadores finalmente son devorados. Para plantearse esa cuestión, basta con leer obras de verdadera calidad, más fuertes que violentes, más reales que explícitas, como La Vorágine de José Eustasio Rivera o El Matedero de Esteban Echeverría

La primera también habla de exploradores que se adentran por diferentes motivos en la selva; y con maestría, Rivera consigue que la selva en sí misma, sea un personaje de esa novela. Que asfixie, enloquezca y demonice a los personajes. Que la selva sea la que muestre la crueldad y la explotación a la que el entorno sometía a sus habitantes, que se explique a sí misma. Y Esteban Echeverría ya se encargaría, más centrado en el costumbrismo y en el realismo, con su relato publicado en 1871, de mostrar los límites violentos que por necesidad y también por idología puede alcanzar el ser humano, convirtiéndose también en bestia irracional.

Si alguien que haya visto Holocausto caníbal se ha planteado la misma cuestión que minutos después de verla me planteé yo, ya sabe qué dos obras le pueden hacer disfrutar desde otra dimensión.

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